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2015: Regreso a la infancia

AmpliarGran Premio de Australia 2004 - LaF1Gran Premio de Australia 2004

Con el paso del tiempo a todos nos cuesta recordar ese momento especial, el que cambió por completo el rumbo de nuestra existencia: la primera carrera de Fórmula 1 que vimos.

Un servidor recuerda la temporada: 2003, y el Gran Premio creo que fue el de Brasil. Una buena carrera para iniciarse: Alonso celebraba su segundo podio desde una camilla en el hospita, la curva tres hacía estragos y se cobraba a nombres como Antonio Pizzonia, Jenson Button y el propio Michael Schumacher. Schumacher, ese alemán de boca torcida y cara de mala leche que siempre ganaba cada vez que se ponía al volante. Respaldado por su fiel escudero, un brasileño algo mayor que parecía simpático por la televisión. Han pasado más de diez años y no hay duda de que eran otros tiempos, tiempos en los que las cámaras enfocaban justo antes de salir a Ross Brawn con la mirada atenta en los monitores y a Jean Todt abrigado con su rebeca roja, no sea que se resfriara en Sepang.

 

 

Y entonces llegó él, el joven de pelo largo y alborotado y pequeña perilla asomando por encima del mentón de una cara que reflejaba la agresividad de la juventud y una madurez impropia de un chaval con tan pocas primaveras. Primero Minardi, luego año de probador y, por fin, Renault. Ese bólido azul y amarillo que solía abandonar cuando la televisión que echaba las carreras se iba a publicidad -Mónaco, Indianápolis y Spa, tres KOs que vimos a través de la famosa ventanita.

2004 fue el año en el que ya se convirtió en pecado perderse una carrera y la clasificación. En aquellos tiempos se podía disfrutar de una ración de nada más y nada menos que tres horas en directo que, sumada a los previos y a la incorporación en 2005 de la GP2 ascendía a un total de… a un total de horas suficientes como para que a uno le echaran la bronca por tirarse toda la mañana de domingo delante del televisor... y por no ir a misa. Pero claro, quién quería ir a misa si en la televisión estaban echando esos coches que iban antes de la F1 y se chocaban tanto.

Los madrugones eran otra historia. Eso era gloria bendita, se mire por donde se mire. Uno se sentía especial, de un grupo selecto cada vez que el comentarista daba los buenos días "a los valientes que están con nosotros". Apagabas rápido el despertador para que tu padre no se despertara y te devolviera a la cama, sí, ese padre que al final acabó por sentarse a tu lado en horas intempestivas para ver "coches dando vueltas y vueltas alrededor de un circuito". Bajabas sigiloso las escaleras, cerrabas bien la puerta del salón y de repente la oscuridad que reinaba se convertía en luz al pulsar el botón del mando.

¡Oh!, esa melodía, esa musiquita que no podías quitarte luego de la cabeza durante todo el año. Y se sucedían las declaraciones en los previos, el análisis del trazado, poco a poco te notabas más acelerado. Mirabas el reloj: media hora. "Bien, en 15 minutos están hablando en la parrilla”, y poco a poco el tiempo se consumía hasta llegar a… hasta llegar a esa pausa para la publicidad en el inicio de la vuelta de calentamiento. Era el momento, la tregua que te daban para asegurar que todo estaba en su sitio. La manta bien colocada, el televisor al volumen adecuado y los pañuelos y el agua a mano, no sea que apartes un momento la vista. Y entonces volvían. Plano general del circuito, los fans, o bien la on-board de algún piloto dando volantazos como loco mientras se sobreimpresionaban en la pantalla las clasificaciones de los dos campeonatos. "¿Constructores? ¿Pero es que a alguien le interesa eso?"… con el paso del tiempo te das cuenta de que sí, de que es en el que más se fijan los equipos.

Y entonces la salida. Los dedos simulando que agarraban un embrague invisible y lo soltaban a la mayor velocidad posible al tiempo que se apagaban los semáforos. Y se sucedían las vueltas, veías a los coches rodar, las paradas en boxes. A veces me daba por pensar si no se cansaban, y, sobre todo, qué pasaba en los lugares en los que no estaban enfocando las cámaras. Mirabas el contador de vueltas y deseabas que se quedara quieto, que hubiera un coche de seguridad, algo que hiciera que la carrera durara más. Deseabas con todas tus fuerzas que esos bólidos siguieran rodando… excepto en Ímola 2005, ahí un servidor deseó con todas sus fuerzas que alguien apretara el botón de la cámara rápida y se acabara del todo.

Pero después de eso llegaba el podio, los himnos… ¡los himnos y banderas que todos nos sabemos gracias a las ceremonias para honrar a los vencedores!, vencedores que esparcían al aire el champán Mumm… Moët para los más entrados en canas. Las ruedas de prensa, ¡una fantástica clase de inglés! y después el cierre final. ¡Dios!, apurabas hasta leer las letras de "Formula One Management" porque sabías que te iba a caer una tarde de domingo aburridísima sin coches de por medio. Con suerte, solo te tocaría esperar una semana. Los desiertos de quince días se hacían duros. Cuando había tres semanas de diferencia te acordabas amigablemente de la familia del que programaba los calendarios.

 

 

Y entonces llegaba ese fin de semana fatídico de Brasil o China en el que sabías que te ibas a chupar dos meses hasta volver a ver a los coches, ¡y en los test! Solo sacaban cinco minutos en el telediario y era francamente aburrido. Y un buen día, a empezar otra vez. Despertador, sintonía, semáforo, carrera… y poco a poco pasan los años y te das cuenta de que los bólidos azules y amarillos han pasado a pintarse de blanco y naranja, que hay nuevos nombres que no son los que te sabías de carrerilla, nombres que hacen algo que, por desgracia, la mayoría de mortales nunca podrán hacer.

Y sin embargo, ahí sigues, pegado a la televisión como el primer día. Aprendiéndote sin querer las publicidades, nombres y cascos de los pilotos. Y aún ves a Alonso en pista y a los de 'su quinta', y los nombres que antes no te sonaban ahora son como de la familia. Y llega un día en el que llegas a una conclusión: La Fórmula 1 es tu vida, literalmente. Es, junto a tus seres queridos, la línea, el vínculo, el cordón invisible que se ha mantenido inalterable durante tu corta o larga existencia y que te une con ese niño que cada mes de marzo se levantaba, igual que tú ahora, para ver los coches rodar, para ver el deporte más bonito del mundo.

Y la llama no se ha apagado, habrá tenido momentos de más o menos fogosidad, momentos en los que ha brillado de alegría o de tristeza, pero siempre está ahí. Y cuando se acerca la fecha la ilusión vuelve a encendernos, la cabeza vuelve a pensar igual que cuando íbamos al colegio y dibujábamos en el cuaderno los "coches dando vueltas al circuito". Y aquí estamos de nuevo, una vez más con otra temporada por delante, con Australia a la vista. Dispuestos a recordar la felicidad de nuestra infancia, a revivir al niño que, gracias a la F1, siempre tendremos dentro.

Bienvenidos, un año más, a vuestra casa. Bienvenidos a la temporada 2015 de Fórmula 1.

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4 comentarios
Imagen de HighLander
[#3 Sergio] No daba ventaja? Y como es que Alonso dejó de ganar apenas lo prohibieron? Mucha coincidencia no crees?
Imagen de Sergio
[#2 nodoyuna] Cuando se le va a meter en la cabeza a la gente que el mass damper lo llevaban todos los equipos ? Y que no daba ninguna ventaja ?
Imagen de nodoyuna
Como extrañan al mass damper, el verdadero artífice de los títulos de alolento en F1.
Imagen de Edume
Dios, los pelos de punta. Acabas de narrar mi infancia,mis sentimientos. gracias Jorge.
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