Almacén F1

El Mercedes de la frontera

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Desde su posición, los ruidos de la conflagración quedaban muy lejos. Tanto, que en realidad sólo oía el viento y el rumor del agua en el plácido lago de Lugano, mientras el atardecer teñía de un color ocre el horizonte. En su mente, sin embargo, la rumorosidad de un aeroplano le hubiera llevado a un motor de carreras, y el silbido de las bombas al de un compresor a pleno régimen, oxigenando al motor para darle mayor potencia. Sí, desde Casa Scania la guerra quedaba lejos, pese a que se dejase notar. Pero las carreras quedaban más lejanas todavía, como la luz que en ese mismo instante se había apagado tras las montañas.

-Quiero volver a correr- dijo lentamente pero con seguridad. Su voz rasgó el silencio que les envolvía en aquella hermosa terraza un día de 1941- Estoy cansado de preparar comida para gallinas y de cultivar una y otra vez en este huerto hasta la próxima granizada que nos deje sin cosecha. Mi vida son las carreras, no la agricultura.

 

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Alice miró al hombre que tenía a la derecha entre sorprendida y resignada. Su pensamiento no era racional, pero lo comprendía. Pese a vivir en Suiza, país neutral desde que arrancó la Segunda Guerra Mundial, las limitaciones se habían hecho notar: cupones para la gasolina, cupones para la comida, la obligación de que todo suelo cultivable se dedicase a la agricultura –lo que había destrozado su cuidado jardín- y el dinero que llegaba con cuentagotas desde Berlín. A ella misma no le gustaba ver cómo el gran Rudolf Caracciola languidecía física y anímicamente en aquella torre de marfil en que se había convertido su lugar de residencia.

-Hace dos años, la guerra puso fin a las carreras. ¿Y cuánto durará? ¿Cómo ibas a volver a correr? – le preguntó con su habitual voz dulce a su marido.

-Las carreras volverán. Esta locura no puede durar demasiado tiempo, y yo he de estar preparado. He de contar con un coche para poder estar listo cuando en Europa vuelvan a rugir los motores, Baby – contestó a su esposa con la mirada perdida, como si estuviera armando un plan infalible. -Hemos de hablar con el Doctor Kissel –sentenció.

Alice 'Baby' Caracciola lo miró con aire interrogativo. Rudi se giró hacia ella con el rostro iluminado por la tenue luz de un farolillo que hacía brillar sus ojos. "Vamos a recuperar uno de los coches de Trípoli". Pese al dolor en la pierna y la cadera que se había recrudecido en los últimos tiempos, su determinación era absoluta. Casi contagiosa. Alice sonrió, como movida por una emoción que acabase con el tedio de los días y con el temor más allá de las fronteras. "Lo conseguiremos", dijo tajante y llena de confianza.

 

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Los coches de Trípoli se remontaban a 1939, al último año de carreras en Europa. Era el W165, la ‘voiturette’ fabricada por los hombres de la marca con sede en Untertürkheim, Mercedes-Benz. Los italianos habían cambiado la normativa del célebre Gran Premio de Trípoli, en Libia, hartos de las victorias alemanas. Los transalpinos –Alfa Romeo, Maserati- contaban con buenos coches de 1.5 litros sobrealimentados, pero no Mercedes-Benz o Auto Union. Así que, tras el Gran Premio de Italia de 1938, un 11 de septiembre de 1938, anunciaron que Trípoli se correría según la reglamentación de los ‘voiturettes’, que además era la Fórmula Internacional que previsiblemente iba a predominar a partir de 1940. Creían haber cogido a los alemanes por sorpresa, pues la carrera estaba fechada para el 7 de mayo de 1939. No había tiempo.

"¡Malditos italianos!", bramó la voz ronca del director deportivo de Mercedes, Alfred Neubauer, al comenzar la reunión del 15 de septiembre entre los altos responsables de la vertiente deportiva de la marca. "Nos la han jugado, y nos van a dejar sin carrera en Trípoli. No tenemos tiempo para preparar un coche competitivo para la categoría. Y no sólo nosotros: el Dr. Karl Feuereissen me traslada con tristeza que en Auto Union tampoco van a poder llegar a tiempo". Las caras en la reunión no eran felices. Los italianos no habían podido ganarles en la pista, pero sí en una decisión impregnada de tintes políticos: en Libia, bajo el control de Italia, no ganaría otro coche alemán.

Los diseñadores estaban abrumados: diseñar, construir y probar un coche de Gran Premio en tan sólo 7 meses era una auténtica locura. Imposible. Neubauer escudriñaba a sus hombres, y percibía un aire de derrota en la sala. Miró a Max Sailer, el ingeniero jefe de la marca, que callaba. ¿Por qué callaba? ¿Acaso él también estaba hundido en la impotencia? "Italianos, -pensó-, muy amigables pero traidores; orgullosos narcisistas que no han podido soportar verse derrotados. ¿Dejará Mercedes-Benz que el nombre de Alemania quede en tal mal lugar?". No había dejado de mirar a Sailer, el excorredor y gran ingeniero. Estaba petrificado. Pero de repente, se quitó sus redondas gafas y empezó a limpiarlas con parsimonia.

"Se puede hacer. Se debe hacer. Y se hará”, dijo una voz calmada pero lo suficientemente potente como para acallar la cacofonía de la sala. Nadie osaba hablar, y sólo se oyeron los suspiros humeantes de los que daban caladas nerviosas a sus cigarrillos. Las miradas estaban puestas en un hombre que se colocaba con la misma meticulosidad sus anteojos. Max Sailer había hablado, y pocos podían replicarle en aquella sala. La decisión se tomó oficialmente el 18 de noviembre, cuando el plan, una vez elevado y expuesto debidamente a la dirección de Mercedes, recibió el visto bueno. Wilhelm Kissel confió en la capacidad de sus hombres.

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-¡Querido Caracciola! –exclamó con afecto Kissel, levantándose de inmediato mientras la puerta de su despacho aún estaba abierta. Acercándose con celeridad, extendió su mano para tomar la mano enguantada de Alice. –Frau Caracciola, un placer volver a verla-, dijo mientras besaba la delicada extremidad de la mujer. –Qué visita más encantadora. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? ¿Dos años?.

-Aproximadamente, Herr Doctor – replicó Rudolf con una sonrisa en su boca.

-Demasiado tiempo para tan buenos amigos y extraordinarios hombres de Mercedes – dijo con adulación Kissel-. Por favor, tomen asiento, el viaje hasta Stuttgart no habrá sido especialmente cómodo, vistas las circunstancias. ¿Puedo ofrecerles algo de beber?

-Un poco de agua, por favor – contestó Rudolf.

-Un café, si no es molestia – pidió Alice.

Kissel llamó a su secretaria y ordenó las bebidas de sus invitados, que se acomodaron en los elegantes sillones del despacho del director general de Mercedes-Benz. Los viejos tiempos, no tan lejanos, el futuro, tan incierto, la marcha de la compañía, fueron las conversaciones que fluyeron, algunas más profundas que otras, en los minutos de cortesía que precedieron a la pregunta que desencadenaría la auténtica conversación que tenía a los tres reunidos.

-Y bien, ¿qué les trae por aquí? – interrogó Kissel tocándose su bigote y mirando con sus vivaces ojos a sus invitados.

-Quiero volver a correr –dijo Caracciola sin más rodeos-, pero para eso necesito un coche.

-Necesitará más que un coche para eso, querido amigo. Carreras, por ejemplo. –interrumpió con ironía Kissel.

-Las carreras volverán. Este conflicto no durará eternamente. Y si no vuelven en Europa, hay carreras en otros lugares: en América, por ejemplo. El tiempo pasa, y necesito correr. –hizo una breve pausa, pensativo- Correr es vida, el resto es simplemente espera. Y no soporto la espera.

Kissel miraba a Caracciola con interés. Ese hombre que podría haber muerto en un accidente en Montecarlo del que le quedó el recuerdo perenne de una pierna más corta, un retiro prematuro agravado por la muerte de su primera esposa. Un hombre determinado, que volvió a los Grandes Premios para ser el más grande de su tiempo, que había dado gloria a Mercedes-Benz hasta la saciedad. Su fuerza de voluntad no parecía conocer límites.

-¿Y viene aquí para eso? Estimado Rudi, el rumor de los motores de carreras hace mucho que cesó en nuestras paredes, destinadas ahora a otros fines más, digamos, amplios. ¿En qué podría yo, o Mercedes, ayudarle? – preguntó con curiosidad el mandatario.

-Verá, Mercedes-Benz me paga generosamente una pensión como empleado de la marca. Pero mi intención hoy no es hablar de dinero, sino de un acuerdo que puede beneficiar a ambas partes. Yo corro, Mercedes corre. Yo gano, Mercedes sigue ganando. –hizo una pausa y miró directamente a los ojos de su interlocutor - Quiero, Herr Doctor, que me entreguen la posesión de uno de sus coches de carreras.

El silencio pareció durar una eternidad, como el que invade un circuito tras marcharse la última persona asistente. Kissel leyó la indestructible voluntad de Caracciola en su gesto, y a éste le pareció ver un brillo de emoción en los ojos de aquél.

-Un coche-, dijo Kissel dejando flotar las palabras en el despacho – Un coche de carreras. ¿Y en qué coche está usted pensando, Herr Caracciola?

-En los de Trípoli. En el W165 – se aprestó a decir el piloto.

-Entiendo. Esos coches están depositados en un almacén antibombas en Dresde – se detuvo, como advirtiendo que había contado demasiado. Miró con complicidad a ambos – y pocas personas saben su emplazamiento exacto. Pero déjeme pensarlo, y le diré algo a la mayor brevedad posible – concluyó, mientras se levantaba.

La reunión había terminado, y ni Rudolf ni Alice sabían si lo había hecho de la mejor de las maneras, pese a la cordialidad en la despedida. Mientras caminaban por una Stuttgart más gris de lo habitual con dirección a su hotel, Alice no pudo reprimir la exteriorización de su temor: ellos vivían en Suiza, él era un alemán de renombre que, en cierto modo, había preferido estar fuera de su país ante la deriva que el nazismo había ido tomando con los años. Rudolf la acalló recordándole su buena relación con Kissel, y bromeando que, con su cojera, apenas podría correr camino de una trinchera. Pero al llegar al hotel, una nota les estaba esperando.

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A mediados de febrero de 1939, todos los planos estaban listos y el trabajo había comenzado. El W165 empezaba a tomar forma, la de un pequeño monoplaza de Gran Premio, inspirado en el W154 a tamaño reducido, pero completamente nuevo. Contaba con un chasis más corto y una distribución de pesos de 53’3-46’7, un motor V8 a noventa grados de 1.5 litros con compresor y 255 caballos. En tan sólo cuatro meses, una unidad estaba construida y lista para ser probada. A principios de abril, los pilotos Rudolf Caracciola y Hermann Lang fueron citados en Hockenheim para las primeras pruebas. La pequeña ‘flecha de plata’ lucía impresionante pese a su pequeño tamaño, y los 500 kilómetros sin fallo alguno en las largas rectas del trazado sólo dieron satisfacción a todos los presentes, desde Max Sailer, pasando por el diseñador del motor Albert Heess, como de la carrocería, Max Wagner, hasta llegar a un orgulloso Alfred Neubauer.

-¡Magnífico! ¡En cuatro meses hemos creado un monoplaza que rinde a la perfección! – exclamaba el orondo director del equipo por los boxes de Hockenheim. -¡Qué sorpresa se van a llevar nuestros amigos italianos! Debemos avisar al Doctor Kissel, y realizar la inscripción para la carrera de inmediato.

 

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Tras el volante, Rudolf Caracciola sentía que ese coche no sólo era el triunfo de la ingeniería alemana, sino el futuro, que se ceñía sobre ellos con premura. Las carreras del porvenir serían con estos coches, y este Mercedes era un arma con la que poder seguir en primera línea en términos de competitividad. Si en pocos meses el coche era así de bueno, con más desarrollo podría ser todavía mejor. Trípoli sería una prueba de fuego, literalmente: el calor de aquél desierto llevaría al coche hasta su límite. El chasis 449546/1 para Caracciola estaba listo, y el 449547/2 para Lang se completó en el barco de camino a Trípoli.

 

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Los italianos miraban a los Mercedes con sorpresa y temor, aunque estos tenían otros problemas internos de los que preocuparse.

-¡Se acabó Hermann! ¡No pilotas más! – gritó Lydia, su mujer, desde boxes.

Rudolf Caracciola estaba paranoico pensando en que el equipo quería beneficiar a Lang con una relación de marchas más largas para premiar la velocidad. Y la puntilla fue que le pidieran salir a pista para desgastar algo los neumáticos de cara a la salida, lo que disparó las sospechas de Rudolf:

-¿Pretendéis que me supere en la parrilla? ¿Por qué dais preferencia a este mecánico arribista frente a vuestro campeón? – preguntaba en plural Caracciola ante la mirada atónita de los miembros de su equipo.

-¡Hermann! ¡No mereces esto! – insistía Lydia, a quien lentamente se acercaba Lang.

-Herr Neubauer –dijo el joven alemán-, haré lo que usted me indique, pero no soportaré más estas humillaciones.

 

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Neubauer se movía de un lado a otro, secándose el sudor con un pañuelo que ya apenas enjugaba las copiosas gotas de su rostro. Por su pensamiento, la voluntad de mandar al diablo a ambos pilotos y subir al reserva, Manfred von Brauchitsch. Pero no podía perder su flema. Se acercó a Rudolf y le conminó a no cuestionar la disciplina del equipo que le había entregado los mejores monoplazas de Gran Premio del mundo para que fuese campeón. Y se dirigió a Hermann con tacto, haciéndole ver que la jerarquía del equipo debía respetarse, pero que efectivamente saldría a dar esas vueltas.

-¡Aquí mando yo! – concluyó con un atronador grito que se elevó sobre los motores.- ¡Lang, a pista!

Los italianos se divertían con todo aquello, y además sacaban pecho por la pole position conseguida por Luigi Villoresi en su Maserati 4CL aerodinámico, más de medio segundo por delante del W165 de Lang, que efectivamente había superado al final a Caracciola, y cerrando la primera fila, el Alfa Romeo 158 de Nino Farina. Mercedes-Benz había perdido la primera confrontación, pero Neubauer sabía las bondades de su monoplaza y de sus pilotos, a los que más les valía ser disciplinados.

 

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Sin embargo, en el circuito de Mellaha se estrenaba un semáforo para dar la salida, que tendría lugar cuando pasase a color amarillo. Por eso, mientras el pintoresco Mariscal Italo Balbo estaba con la bandera en todo lo alto para dar inicio a la carrera, sólo Lang hizo caso al semáforo, que mutó su color antes de que el gobernador de la región se moviese un ápice, tomando el liderato con comodidad. Balbo gesticulaba indignado por esa pérdida de protagonismo, mientras muchos pilotos, al ver salir a Lang, siguieron su ejemplo e hicieron caso omiso a la bandera.

Era el debut del W165, y Hermann Lang lideró toda la carrera con un pilotaje soberbio henchido de ánimo de revancha frente a Caracciola, que no era capaz de acercarse. En su habitáculo, el calor pasaba factura, como a todos los rivales, pero se percataba a cada vuelta que el W165 era una maravilla de manejo, respuesta, potencia y agilidad. Ni siquiera el ver en sus espejos a Lang al final de la carrera, a punto de doblarle, le hizo perder esa sensación. Porque si Lang había llegado hasta ahí, ¿qué podría llegar a hacer él? Hermann no le dobló, mostrándole de una vez por todas que era muy rápido, pero que respetaba a alguien como Rudolf Caracciola. Neubauer estaba pletórico. Los italianos, hundidos. Mientras Hermann Lang era llevado en hombros por los mecánicos de Mercedes, Rudolf, complacido, observaba en silencio el nuevo monoplaza a su disposición. El W165 era tan dominante como sus hermanos mayores.

 

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-Herr Caracciola, tiene usted una nota – le dijo el recepcionista del hotel nada más aproximarse al mostrador.

Rudolf miró a Alice extrañado. Su viaje había sido bastante de incógnito ante las dificultades fronterizas entre Suiza y Alemania. El sobre, sin más indicaciones que el apellido de su esposo, alimentó los temores de Alice, que hizo un ligero gesto a Rudolf para subir inmediatamente a la habitación. Tomaron el ascensor en silencio, el sobre guardado en un bolsillo de la chaqueta, con los dedos tamborileando sobre el papel. Una vez en su habitación, Rudolf abrió con premura la carta. El texto, a mano, decía:

"Estimado Herr Caracciola",

"Reúnase conmigo mañana en mi despacho, a solas. Debemos tratar su asunto".

"Le espero a las 8 en punto".

"Saludos,"

"W.Kissel"

 

¿Por qué a solas? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Cuál era "su asunto" sino el del coche de Trípoli? Alice le tranquilizó, de manera sorprendente, como sólo ella era capaz de hacer en momentos de auténtica crisis. Debía descansar, reunirse con el dirigente al día siguiente, y en caso de una negativa, prepararse para abandonar Stuttgart de inmediato. Pero Caracciola apenas pudo dormir esa noche, entre pesadillas de accidentes e ilusiones de velocidad.

A las 8 en punto estaba en la fábrica, todavía con muchos trabajadores ausentes. Sin demasiadas ceremonias, Kissel le hizo pasar a su amplio y elegante despacho. Su mirada se dirigió frenéticamente hacia distintos lugares de la sala, y tomó del brazo a Rudolf hasta acercarse a una ventana desde la que se podía ver el río Neckar. No se anduvo con demasiados rodeos.

-Caracciola, he pensado en su petición. No es algo sencillo para Mercedes o para el gobierno del Reich desprenderse de uno de sus coches… -se quedó pensativo, observando el horizonte. Como si quisiera reformular sus ideas, comenzó de nuevo- Querido Rudi, el coche no podría estar en mejores manos que las suyas, y debería decir ‘los coches’, en realidad, pero sólo uno está en buenas condiciones. El otro quizás podría servir como donante de repuestos, ya que, aparte de algunas piezas, en la fábrica no tenemos recambios para este modelo. Me encantaría cederle estos dos coches, pero lo cierto es que no pueden salir de Alemania. Podrían considerarlo una exportación ilegal –volvió a quedarse absorto por un momento, y bajó el tono de voz–. Tan pronto como pueda realizarse la cesión de forma legal, se los remitiré sin pérdida de tiempo. Ya puede imaginar que cualquier cosa que se supiera referente a esto sería considerada en las actuales circunstancias como una violación de las leyes- concluyó circunspecto el dirigente.

Caracciola lo miró por un momento, entre la ilusión y el desánimo. Tenía la promesa del director general de recibir no un coche, sino dos. Por otro lado, debería esperar para ver satisfecho su deseo.

-Entiendo las circunstancias, Herr Doctor –comenzó a decir el piloto- y agradezco profundamente su generosidad conmigo. Deberemos esperar una mejor oportunidad para la realización de mi deseo, que espero pueda ser satisfecho pronto para nuestro beneficio común-, acabó con un tono tan monótono que pareció sacado de un discurso político.

Kissel asintió, y estrechó la mano de Caracciola, sellando el acuerdo entre ambos. Se miraron a los ojos con la firme complicidad de dos hombres que guardan un secreto. Rudolf comenzó a dirigirse a la puerta para abandonar el despacho y la sede de Untertürkheim, cuando desde el otro extremo de la sala, la voz de Kissel le interrogó:

-¿Por qué esos?

Caracciola miró al suelo, y respondió: "porque son el futuro".

Efectivamente, Rudolf sabía que esos coches tenían no sólo el potencial, sino que se trataba de un monoplaza que cumplía con las normas que en 1940 deberían haber entrado en vigor como Fórmula Internacional, la que regiría los Grandes Premios, y no las inferiores carreras de ‘voiturettes’. Tener ese coche en su poder significaba disponer de un coche competitivo, si es que el día que volviesen las carreras se mantenía esa reglamentación. Sin embargo, ese día, mientras abandonaba la sede de Mercedes-Benz, no podía saber que tendría razón, ni que Kissel jamás le entregaría el coche. El hijo del director general había sido enviado al frente, y murió en combate ese mismo año de 1941. La salud de Kissel empeoró rápidamente, derivado del trauma físico y mental por la pérdida del hijo, y falleció de un infarto el 18 de julio de 1942. Rudolf quiso asistir al sepelio, pero alguien le comunicó que el clima era demasiado frío para su salud. Comprendió el mensaje. Pocos meses antes, en abril, su pensión había sido retirada por su negativa a participar en actividades de promoción entre la juventud militar. Las carreras, el W165, estaban cada vez más lejos.

 

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Los años pasaron, y el brillo de las flechas plateadas se ensombrecía en mitad de una contienda irracional que sólo dejaba muerte y vacío. No en Suiza, no en Casa Scania, pero sí tras las montañas que podían divisarse a lo lejos. La agricultura, las dificultades, fueron el día a día de un piloto que iba viendo marchitar los últimos años de su pilotaje, como tantos otros vieron segada su carrera. Pensamiento egoísta cuando ahí afuera lo que se segaban eran vidas.

El nuevo director general de Mercedes-Benz desde agosto de 1942 era otro Wilhelm, pero Haspel. Su matrimonio con una mujer judía no era visto con buenos ojos entre los gerifaltes del régimen, pero pensaban que ya habría tiempo para eso. Al fin y al cabo, Haspel era un gran gestor que había crecido en el seno de la empresa, que lo mantuvo al frente pese a las reticencias externas. Haspel solía viajar a Zúrich estrictamente por negocios, pero en 1943 no pudo dejar la ocasión de visitar a un gran nombre de Mercedes como Caracciola.

 

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Reunidos en un restaurante, Rudolf estaba ansioso por preguntar por los W165, pero la prudencia le hacía callar. ¿Era Haspel un aliado en su causa o podía ser un problema? ¿Sabría algo de lo pactado con Kissel? Esos eran los únicos pensamientos que le invadían mientras almorzaban. Haspel se mostraba cordial pero serio, cercano pero opaco. Desconcertante. Rudolf se desesperaba entre historias de carreras, hazañas que tenía que contar de nuevo, que sonaban como viejas cantinelas de gramófono gastado. Haspel parecía interrogarlo con la mirada, analizarlo. Hasta que le propuso un tranquilo paseo por la ciudad.

Rudolf había perdido toda esperanza de tratar el asunto que le desvelaba con el Doctor Haspel, que seguía hablando de cosas intranscendentes. ¡Había dos Mercedes-Benz de Gran Premio oxidándose en algún lugar de Dresde! Sin poder tampoco excusarse para librarse de tan decepcionante reunión, Caracciola paseaba con el director general cuando este, de improviso, se detuvo frente a un escaparate. Su rostro se tornó serio, su voz grave y firme.

-El doctor Kissel, de manera estrictamente confidencial, me dijo que usted se haría cargo de los automóviles de Trípoli tan pronto como fuera posible realizar su traslado a Suiza. Pero por ahora no podemos ni pensar en ello. Usar un camión para fines no militares es un delito que se paga con la muerte. –se detuvo un momento al pronunciar la palabra muerte.- Le puedo asegurar que, cuando llegue el momento oportuno, haré lo que le prometió mi predecesor.

Rudolf calló. No sabía qué decir y tampoco esperaba esta salida repentina por parte de Haspel. Sólo pudo mascullar un "gracias" que sonó casi como un sollozo que había estado atrapado durante mucho tiempo. Haspel se giró y lo miró de frente: "los coches siguen en Dresde, y muy pocos saben dónde se encuentran", mientras le extendía la mano con firmeza. Rudolf la estrechó sin dudas. El pacto, renovado, seguía vigente. Pero, ¿hasta cuándo?

 

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El crepitar de las ruedas en la tierra era lo único que podía indicar que algo se movía en aquél camino que llevaba directo al puesto aduanero con Suiza. Atrás había quedado la desolación de las poblaciones alemanas encintas de ruina y muerte mientras la guerra entraba en su fase final. La misma muerte a la que se habían enfrentado aquellos dos jóvenes empleados utilizando un camión para un uso ajeno al militar, con una carga que podría considerarse robada. Con el motor apagado, sin luces, se dejaban ir por la ligera cuesta abajo hasta un punto lo más cercano posible a la frontera.

En la garita de la aduana, uno de los guardias creyó escuchar algo, y apuntó con un haz de luz hacia el camino. No vio nada. Tan sólo tres metros más allá, el camión estaba detenido, a apenas un centenar de metros del puesto fronterizo. Los dos jóvenes, a oscuras, abrieron lentamente el portón trasero y colocaron dos rampas a los lados. Habían realizado esa maniobra cientos de veces en los mejores circuitos del mundo. Las rampas crujieron con el peso del primer monoplaza, el que estaba completo, con sus 905 kilogramos. Sus ojos se cruzaron en la oscuridad de la noche, aterrados. Desde Dresde hasta la frontera suiza por la parte de Zúrich, habían pasado miedo. Les quedaba poco para poder terminar su misión.

Descargado el primer coche, el segundo hizo menos ruido por su menor peso. Los empujaron por el camino de tierra apenas diez metros, lo justo para poder maniobrar con el camión y salir de allí lo más rápido posible. Aquella noche de 1945 era cerrada, pero sus ojos se habían acostumbrado a ver en las sombras. Con el segundo coche calzado para inmovilizarlo, regresaron sigilosamente al camión. Al subir, el acompañante no pudo evitar mirar atrás, y observar por última vez en su vida aquél gris brillante que le era tan querido:

-Auf wiedersehen, mein kleiner gewinner – y suspiró. Su compañero encendió el motor del camión, que rasgó el silencio de la noche con su sonido metálico mientras se alejaba. Los guardias aduaneros se sobresaltaron, y al no ver ninguna luz en el camino, pensaron que se trataba de algún aeroplano volando muy bajo. Como un resorte, uno de ellos encendió los focos, y lo que vieron les dejó sin palabras.

Allí estaban, brillantes, prácticamente listos para ser arrancados y comenzar un Gran Premio, al menos uno de ellos. Con sus formas pulidas y aerodinámicas, con su gris reconocible al instante. Ambos en paralelo, como en una parrilla de salida que había sido colocada allí sin ningún criterio. Eran como dos fantasmas que miraban hacia donde estaba la frontera, dejando clara su intención. Uno de los guardias salió al camino y recorrió la escasa distancia que le separaba de los monoplazas. El otro quedó en la retaguardia, atento a cualquier movimiento sospechoso para dar la alarma. Cuando el primero estuvo lo bastante cerca de los coches, pudo ver con claridad un símbolo que conocía bien: un círculo con una estrella de tres puntas. Aterido por el frío, se giró y sólo pudo farfullar:

"Mercedes. Mercedes Rennwagen".

 

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El coche cortaba las curvas buscando una vez más el mejor tiempo en la lucha contra el cronómetro. Al volante, Rudolf Caracciola exprimía el combustible sin pensar en su escasez, con Alice a su lado. El camino de Lugano a Zúrich nunca había sido más corto. ¡Los W165 habían llegado! Su buen amigo norteamericano, Pete DePaolo, se lo había confesado. Estaban en el concesionario Mercedes de la ciudad, que los había recogido en la aduana tras ser advertidos de la presencia de dos vehículos sin ninguna documentación a bordo, pero evidentemente de la marca que representaban. Un camión fue hasta la frontera y los llevó hasta la ciudad, donde fueron guardados con el mayor secreto posible para que no fueran vistos.

-Buenos días, quisiera hablar con el señor Muff – inquirió sin demasiada ceremonia nada más cruzar la puerta del concesionario a la joven que estaba en la recepción. La chica se levantó, y desde una puerta le hizo un gesto para que se acercase, invitándolo a pasar. Nada más escuchar la puerta cerrada, preguntó:

-¿Dónde están los coches?

El gerente del concesionario se quedó asombrado al oir a Rudolf Caracciola preguntar por los W165. Conocía a Caracciola, y obviamente no había ido a preguntar por un modelo de calle. Cómo se había enterado le resultó fascinante.

-Ya no hay secretos ni en Suiza, por lo que veo. Acompáñeme, por favor.- dijo indicándole la escalera que descendía a los talleres. Dos sábanas no podían ocultar para el ojo experto de un piloto que aquello eran monoplazas. Levantadas, dejaron ver los pequeños coches de carreras. Rudolf no podía eliminar de su rostro una mueca de enorme satisfacción, pero pronto comenzó a examinar el estado de los vehículos. Kissel no le había engañado: uno de ellos estaba incompleto, pero el otro, pese a una ligera capa de polvo y algún rasguño, estaba intacto. Alice miraba todo desde la distancia, aliviada por ver allí a los ansiados monoplazas. "Ya estáis en casa", pensó Rudolf mientras los acariciaba.

Como leyendo el pensamiento del piloto, Muff se adelantó:

-Lamentablemente, ha habido gente aún más rápida que usted, Herr Caracciola – dijo con aire sombrío.- Los coches han sido confiscados por las autoridades al considerarlos propiedad alemana, y al carecer de papeles en regla, no pueden abandonar ni las instalaciones ni el país. No por ahora, desde luego.

Si le hubieran lanzado todo el lago Lugano congelado encima, Caracciola no se habría quedado tan petrificado. ¿Cómo que confiscados? ¿Cómo que sin papeles? Los coches eran técnicamente suyos, ese era el pacto alcanzado dos veces con nada menos que el director general de Mercedes. Tuvieran o no papeles, esos coches habían llegado a Suiza por su petición y le pertenecían, al menos en cesión. Pero ninguna explicación encontraba la acogida esperada en Muff, que se encogía de hombros a cada nueva alegación.

-Le comprendo, señor. Pero no seré yo quien se enemiste con las autoridades. O peor, sea acusado de disponer de un bien confiscado, alemán y retenido oficialmente. Hasta donde yo sé, estos coches aparecieron en la frontera, tuve que pagar los gastos de aduana para introducirlos en el país, y ahora son de las autoridades hasta nueva orden – argumentó Muff.

-Vámonos, Rudi – dijo Alice.- Aquí hay poco que podamos hacer.

Caracciola miró a los dos monoplazas con anhelo y tristeza. En su memoria, se trasladó a aquél día de Trípoli, al calor, a la derrota, al deseo de competir de nuevo. El nudo en el estómago fue tan intenso que sintió que casi se desmayaba. Tan cerca. Tan lejos. Otra vez a esperar las acciones de otros, con el agravante de saber que allí había dos de los mejores ejemplares de coches de competición del momento. La vuelta a Casa Scania fue lenta, tan lenta como la decepción se posaba día tras día en su corazón privado de la emoción de las carreras.

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La Segunda Guerra Mundial acabó con la derrota de Alemania. La fábrica de Mercedes-Benz estaba seriamente dañada, y en los planes de la compañía no estaban las carreras, sino levantar de nuevo su industria. En Suiza tampoco se pensaba ya en carreras, sino en el día a día. El ardor se había posado junto con la decepción para crear una sensación de extraña calma. Se podía decir que Alice y Rudolf eran felices con su vida. Pero llegó un telegrama que lo cambió todo.

-¿Qué dice, Rudi? –inquirió Alice ante el largo silencio de su esposo.

-Es Pop Myers, de la Indy 500. Me invita a participar en la carrera el próximo 30 de mayo a bordo de uno de los Mercedes de Trípoli. Obviamente no es posible estar en la carrera, y menos con un Mercedes, dentro de sólo dos meses. –miró el lago como si esperase una respuesta o un milagro.- Será mejor que riegue el huerto. Luego le responderé.

-¿Te estás escuchando? –dijo con voz indignada Alice.- ¿Eres tú Rudolf Caracciola, el mayor piloto de su era? ¿El que quería correr sobre todas las cosas hace apenas cinco años?

-Baby, querida. Tengo 45 años, y ya hemos aprendido a aplacar el fuego de la juventud. Los Mercedes son imposibles de lograr –replicó Caracciola.

-¡Pues vamos a intentarlo! –le animó ella.

Rudolf la miró con ternura, admirando su inquebrantable espíritu de lucha. Y aunque en su fuero interno quería correr, su ánimo le decía que era imposible. Sólo faltaban dos meses para la carrera. "¿Cómo vamos a conseguir en dos meses lo que tardó cuatro años en llegar aquí?", interrogó a su esposa.

-Estos coches se crearon en apenas 4 o 5 meses, ¿cierto? ¡Bien! ¡Pongámoslo en la Indy en dos! – resolvió ella.

Rudolf Caracciola cerró los ojos y aspiró profundamente el aire fresco del lago. Abrió los ojos despacio, y el agua le devolvió un brillo plateado que le mantuvo absorto un instante. Correr en la Indy. Recuperar los Mercedes. "Sí, ¡hagámoslo!", exclamó, lo que provocó que Alice se abalanzase sobre él para abrazarlo.

El plan era sencillo en la teoría. Conseguir los visados personales para salir del país, y conseguir los permisos para que al menos un coche viajase hasta Indianápolis. La parte Suiza fue extrañamente fácil: concedieron la tarjeta de identidad de extranjero, y con ello el primer visado. Además, un primer órgano administrativo suizo dio el visto bueno para suspender la confiscación de un vehículo por dos meses, a la espera del permiso definitivo una vez cumplidos todos los requisitos. Pero también hacía falta poner a punto los coches, para lo cual su mecánico de confianza, Walz, era imprescindible. Viajes de incógnito por Francia hasta Alemania lograron que el fiel asistente llegase a Zúrich, junto con otro miembro y algunos planos del monoplaza. Había que devolverlo a la vida.

Las modificaciones se limitaron a añadir otro depósito de aceite, necesario para las 500 Millas porque no se podía repostar lubricante. Pero el coche principal estaba en buen estado. Sólo hubo que preparar la mezcla especial de combustible que usaban los motores de Mercedes para devolver a la vida al W165. Pero no bastaba con ello. Había que probarlo. ¿Pero dónde? ¿Y cómo? Las buenas relaciones de Rudolf hicieron su papel, y la policía de Zúrich le permitió cerrar una zona recta a las 5 de la mañana, por un breve espacio de tiempo.

-¿Estás listo, Rudolf? – gritó Walz.

El piloto, gafas colocadas, hizo un gesto de aprobación. Aferró el volante. Y sintió una vibración previa al terremoto del V8 desencadenado. Oprimió el pie derecho, y sintió que la potencia deseaba ser liberada. Insertó la primera velocidad, y la vida cobró sentido. El olor a gasolina y aceite, el aire en el rostro, ningún sonido que no fuese el de un motor subiendo y bajando revoluciones mientras el paisaje quedaba atrás velozmente. El W165 estaba en plena forma, ¡y eso era casi un milagro! En la recta de Zúrich, Mellaha, Hockenheim, Nürburgring, Avus, Monza. Nada de oscuros y húmedos garajes. Aire siendo devorado por el compresor para insuflar más vida a los cilindros. Tercera, cuarta. Y la sonrisa.

-¿Cómo lo sientes, Rudi? – preguntó su mecánico con curiosidad.

-Vivo, amigo mío, ¡vivo! – estalló de júbilo el piloto contagiando a sus acompañantes.

 

. . . . . . . . . .

 

Para ganar una carrera, basta con acelerar y ser más rápido que tus rivales. Es difícil, pero no imposible. Pero, ¿cómo acelerar a los organismos administrativos? Mientras Rudolf peleaba contra los componentes mecánicos, Alice lo hacía con los mecanismos burocráticos. Para llevar el coche hasta Estados Unidos, hacía falta el visado suizo, que a su vez sólo sería concedido con los visados de tránsito en Francia y en Inglaterra. Con todos ellos, podrían entrar en Estados Unidos. Faltaba apenas un mes y medio para la carrera.

-Francia nos da el visto bueno, sólo falta el de Inglaterra. ¿Cómo va el coche? –preguntó Alice.

-El coche está listo, y ya tengo preparado el camión para el transporte, con la caja para almacenarlo con las herramientas. Mañana iré a hablar con la embajada británica en Berna, para ver si podemos acelerar la toma de decisiones – respondió con seguridad Rudolf.

Las cosas se complicaron. En Francia hubo una huelga portuaria, por lo que hubo que pedir un permiso extra en Bélgica, que lo concedió rápidamente. Pero Gran Bretaña se resistía.

-Estimado señor –insistió Rudolf-, todos los países a los que hemos solicitado la autorización han tenido a bien conceder los permisos de tránsito. No se trata más que de un automóvil de carreras, registrado, vigilado, que no puede desaparecer como si nada porque sería reconocible en cualquier lugar del planeta. Y no seré precisamente yo quien viole la confianza dada, en primer lugar, por Mercedes al cederme el coche, pero tampoco la de los países amigos que no ven inconvenientes en esta operación.

-Para usted, Herr Caracciola –dijo el diplomático arrastrando con sarcasmo las palabras- se trata sólo de un coche de carreras. Para nosotros es un bien de propiedad alemana. Es usted apasionado, pero parece no entender que no se trata de un simple asunto deportivo, una bagatela sin mayor importancia, sino de una cuestión política. Ustedes perdieron la guerra, y sus bienes, todos ellos, están sometidos a lo que sea preciso para paliar de alguna manera el daño que causaron.

Al diplomático le brillaron los ojos con oscuro placer al decir las últimas palabras, satisfecho de poder mostrar su superioridad frente a un alemán.

-En todo caso-añadió- no me corresponde a mí personalmente conceder ese permiso. Me consta que se está tramitando en Londres. Espere usted el resultado, y entonces verá qué puede hacerse.

-¡El resultado! Exactamente como en una carrera –replicó con vehemencia el piloto-. Con la diferencia de que en ellas, ese resultado depende de un hombre y una máquina, no de burócratas.

-Insisto, Herr Caracciola. No es deporte. Es política. –sentenció el diplomático.- Le comunicaré la decisión en cuanto la conozca, no dude de eso. Y ahora, si me disculpa, otros asuntos requieren mi atención.

Caracciola se levantó y abandonó el despacho con educación, pero con la sangre en ebullición. Los telegramas volaron hacia Londres, Nueva York, Indianápolis, Berna, Lugano, cruzándose en todas direcciones mientras los días pasaban. Uno de ellos reconfortó al matrimonio Caracciola:

"Fuerza Aérea estadounidense dispuesta transporte aéreo vehículo para Indy. Orden personal general Doolittle. Mantenga esperanza. Peter DePaolo".

Su amigo militar también estaba moviendo los hilos para acelerar el proceso de transporte del W165, pero sin el permiso británico jamás podría entrar en los Estados Unidos, o no al menos de forma legal, por lo que podría ser confiscado allí, y con ello complicar todavía más la situación de propiedad del coche y la personal de los Caracciola. El viaje, al menos, sería más simple y rápido. Quedaba sólo un mes para la carrera, con la necesidad de participar en los entrenamientos previos.

El silencio era insoportable. Tenso como el de la espera de un piloto antes del comienzo de una carrera, cuando el estruendo alrededor es tremendo, pero en el interior del conductor sólo hay concentración. La mirada fija en la bandera, incapaz de observar el frenético movimiento que lo circunda desde los boxes a las gradas. Así se sentía Rudolf, sentado en la terraza de Casa Scania al anochecer. Si dejaba de pensar en el coche, podía sentir alrededor las llamadas, los telegramas, las reuniones en los despachos. El ruido administrativo. Pero él sólo pensaba en el coche, la carrera, la precisión.

 

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-Rudolf –escuchó a lo lejos.- ¡Rudolf!

Se sobresaltó. Alice estaba de pie a su lado, con un papel rectangular en su mano. "Carta del Ministerio británico", le dijo. Rudolf se la arrancó de las manos y la abrió precipitadamente.

"A la atención del Sr. Caracciola, Rudolf".

"Mediante la presente, el gobierno británico le comunica la resolución relativa a su petición de un visado de tránsito para un vehículo, identificado como Mercedes-Benz Wagen 165, con destino a los Estados Unidos".

"De conformidad con la normativa relativa a los bienes de propiedad del Estado alemán, y en base a la decisión del Consejo de Control Aliado, según la cual los recursos alemanes están a disposición de los ocupantes, su petición de extraer un bien de alto interés tecnológico del territorio aliado debe ser denegada".

"Esta decisión es firme e irrecurrible".

 

Rudolf lanzó un grito sordo mientras arrugaba la hoja de papel. Alice comprendió el resultado. Los británicos negaban el tránsito. El Mercedes nunca viajaría a los Estados Unidos. Se había quedado parado antes de la salida.

Al día siguiente, en el concesionario de Zúrich, observó mientras abrían la caja de madera que contenía el coche tras descargarla del camión. De la sombra apareció el Mercedes, pulcramente embalado. Rudolf no decía nada mientras los operarios del concesionario lo introducían de nuevo en aquella gruta de la que había salido sólo brevemente.

-Lo lamento mucho, Herr Caracciola – musitó el gerente, Muff.- Hubiera sido magnífico verle de nuevo a los mandos de uno de nuestros coches de Gran Premio.

Caracciola lo miró con resignación. Sólo tenía oídos para los engranajes del coche que emitían algunos chasquidos mientras era empujado, como quejándose de su destino. Pero en su imaginación escuchaba el gorgoteo del motor de hacía apenas unos días, grave, amplio, libre. Sus manos en el volante, sus pies saltarines en los pedales. Nunca más volvería a escuchar la voz del coche de Trípoli.

 

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NOTAS DEL AUTOR

-Rudolf Caracciola y su esposa Alice viajaron igualmente a Indianápolis, donde Joe Thorne puso a su disposición uno de sus dos coches. En su primera toma de contacto con la pista, el piloto salió con un clásico gorro de piel, lo que provocó que los comisarios le obligase a entrar. Le cedieron un casco metálico usado por militares en los tanques. Al día siguiente, realizando su intento de vuelta, algo golpeó a Rudolf en la segunda curva del trazado, lo que le hizo perder la consciencia. El coche rebotó contra el muro y el piloto salió despedido del habitáculo, golpeando con la cabeza directamente en el asfalto, lo que le provocó un traumatismo craneoencefálico y pasar varios días en coma, así como una estancia de varios meses tanto en el hospital como en la casa de Tony Hulman Jr., propietario del circuito. El casco le salvó la vida.

-Los Mercedes W165 no volvieron a competir, ostentando un aura de imbatibilidad: participaron en una carrera, e hicieron doblete. Los coches estuvieron bajo el control suizo hasta 1950, cuando fueron vendidos en subasta y adquiridos de nuevo por Mercedes-Benz. En 1951 se realizaron diversos test para introducir los coches en el campeonato del mundo de pilotos bajo las normas de la F1, pero el cambio de normativa para 1952 privó al coche de volver a la competición, en la que Alfa Romeo, con sus 158, dominaba. Los Mercedes W165 les habían ganado con holgura en Trípoli. Ambos coches fueron guardados en la sede de Mercedes, hasta que a mediados de los noventa se encargó su puesta a punto y la reconstrucción del segundo coche. Doug Nye descubrió la existencia de otros dos chasis, pero su paradero es desconocido, posiblemente destruidos. Hoy, los W165 pueden verse en el Museo de Mercedes-Benz, y puntualmente en alguna exhibición histórica.

-Tras su muerte, Rudolf Caracciola cedió todos sus trofeos al circuito de Indianápolis, debido a su gran amistad con Tony Hulman. Allí, en un país que apenas conocía al campeón alemán, se exponen todavía hoy todos sus trofeos, los del piloto más laureado de los Grandes Premios de los años treinta.

-Este breve relato está inspirado fundamentalmente en la narración de los hechos recogida en la autobiografía de Rudolf Caracciola, editada en castellano recientemente por la editorial Macadan, bajo el título "Titan del Automovilismo: Rudolf Caracciola. La Autobiografía", además de en otras fuentes.

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16 comentarios
Imagen de Griffith_LotusF1Team
Excelente articulo como siempre nunca decepciona.
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Imagen de Troy McClure
Otra joya de Vinuesa. Qué poca atención le presta la web a estos artículos... Una pena. Saludos Compañeros.
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Imagen de CEUCUI
El hermano pequeño del 154. Un coche precioso, y un relato apasionado y apasionante. Gracias José Miguel.
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Imagen de GV27
Solo faltan 12 negativos a mi comentario.... De los de la misma religión de siempre
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Imagen de _JR_
En esa época los coches superaban a los pilotos. Ese Auto Unión con motor trasero, solo ganaba con un pilotos muy muy especial. Echo de menos esa F1 de ir a saco de principio a fin, sin importar ruedas nI combustible. Como en la época de Shumi.
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Imagen de Racer
Gran artículo como siempre JMV.
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Imagen de 207sw206
Es un honor poder disfrutar de historias como esta.GRACIAS. Tremendos pilotos los que habia antes , gente de otra pasta.Aunque a veces nos impresiona como se jugaban la vida (yo me incluyo) y se nos olvida que en esa epoca todo el mundo tenia a la muerte muy cerca, desde tener que ir a la guerra, al hambre,condiciones laborales penosas, a padecer una hoy "simple"infeccion etc, Cosas que por otra parte siguen pasando todavia en otras zonas del planeta.
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Imagen de GV27
Que pluma que tienes José Miguel. Esta historia la sacaste de la chistera amigo..... Enhorabuena!
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Imagen de guses
Fantástico artículo. Pensar que Mercedes pudo haber tenido mejor palmarés si no se hubiera retirado de la competición en 1955, por la tragedia de LeMans.
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Imagen de JRamiirez
Pelos de punta!!! La historia de Mercedes es brutal
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