24 horas de Le Mans

¿Por qué Le Mans?

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Un pájaro canta alegremente en la rama de un árbol, que se mece con la fresca brisa de una mañana de final de primavera. De las hojas, se resisten a caer diminutas gotas de rocío, que parecen estrellas fugaces al describir su trayectoria iluminadas por los primeros rayos de un sol que apenas calienta. A lo lejos, se oye un zumbido, como si un enjambre de abejas estuviera en pie de guerra desde las primeras horas de la mañana. Se acerca rápido, amenazante, y anunciado por un potente haz de luz. Tan veloz como llega, pasa un automóvil futurista, mezcla de coche y avión de caza, que con su rumor deja atrás otro tramo de circuito, otros metros ganados en su lucha contra el tiempo.

En su interior, un hombre trata de concentrarse en la siguiente curva, que se aproxima con premura. Observa a través de un sucio parabrisas el horizonte que ha estado persiguiendo durante varias veces en las quince horas anteriores. Aún quedan otras nueve horas, pero el amanecer deja atrás la incertidumbre de la noche. Ese rayo de sol que le ciega levemente es recibido como una bendición, una inyección de moral para olvidar el cansancio acumulado y seguir luchando con firmeza contra los elementos. En ningún momento se pregunta qué hace metido en un coche a más de 350 kilómetros por hora. Tan sólo sigue apretando el acelerador, como si con ello ayudara a la fuerza gravitatoria a ser más rápida en el avance del tiempo. Sólo desea la meta. La gloria. El triunfo en la carrera más importante de todo el calendario automovilístico. Las 24 horas de Le Mans.

¿Por qué correr durante todo un día sin descanso? Visto con frialdad, es una locura. Pero cuando en 1923 se implantó la carrera, era toda una aventura: el hombre y sus aparatosas máquinas, demostrándose a sí mismos su resistencia, su velocidad, y el valor que corría por sus venas. Ese reto no ha cambiado. A lo largo de un día, tres pilotos comparten un coche de competición. Los tres deben resistir, ser constantes, fiables, no ceder jamás al desaliento ni flaquear en ningún momento. Si muestras una debilidad, mecánica o humana, estarás acabado. Así de implacable es la carrera que parece interminable. Pero el piloto, llamado todavía por el instinto básico y ancestral de la superación y el reto, no teme pasar un día sin apenas descanso, con el pulso acelerado y el cerebro agotado por la concentración que requiere el dominio de un coche de carreras. Sólo quiere correr contra el tiempo en una carrera devastadora.

 

 

Pero en realidad, no es una carrera de pilotos. Es una carrera de coches. La gloria verdadera es para la marca que consigue cumplir con el modificado lema olímpico: "más rápido, más fuerte, más lejos". Porque esos son los tres ingredientes que todo coche que pretenda ganar esta carrera debe tener en su composición. El coche, ese invento del siglo XIX, se reinventa cada año en Le Mans para ser más rápido que el año anterior. Se esfuerza en ser más fuerte, robusto, resistente, y no permitir que ninguno de sus elementos cedan a la fatiga de estar siendo exprimidos al máximo durante 24 horas sin descanso. Y uniendo ambos elementos, normalmente se dará el tercero de los ingredientes: más lejos. No se trata de llegar más lejos que el año anterior (muchas circunstancias pueden evitar superar una distancia), sino de llegar más lejos que el coche que te persigue para convertirse en líder.

Así que no hay egos, no hay pilotos estrella (que los hay, y de una calidad sublime), sino que el equipo debe fundirse en uno pese a ser tres, y debe cuidar la máquina, la protagonista absoluta del espectáculo, como lo fue en el origen de las carreras de coches. Los pilotos que ganan Le Mans son héroes a los que alabar. Los coches que vencen en el circuito de La Sarthe son leyendas que glosar como si de héroes mitológicos se tratase. Y esas leyendas aún perduran, porque no hay marca automovilística que no haya participado en la gran carrera, probando así la calidad y robustez de sus creaciones. Porsche, Audi, Ferrari, Jaguar, Bentley, Alfa Romeo, Aston Martin, Mercedes, Toyota, Nissan, Peugeot, Bugatti, Mclaren, BMW… la lista es interminable, y no sólo respecto de los ganadores. En este circuito forjaron gran parte de su gloria deportiva, si no toda. 

 

 

Y esa gloria se reparte por categorías, que es otro de los elementos más hermosos de una carrera como esta. Porque durante 24 horas conviven en un circuito prototipos diseñados con todo detalle de manera expresa para la carrera, bien sean los más punteros (los LMP1)o  los que están un paso por debajo (los LMP2), pero junto a ellos también están los Gran Turismo, coches que puedes ver por las calles con un poco de suerte pero que, modificados, compiten probando la calidad de su construcción. Y todos ellos buscan la misma meta, barajándose en un baile que fusiona el peligro de coches más lentos absorbidos por prototipos de velocidad extrema, con el romanticismo de que cualquiera de ellos puede vencer, dadas las circunstancias. Y todos ellos tratando de hacer honor aún al ancestral dicho del automovilismo de "ganar el domingo, vender el lunes".

 

 

Luego está el circuito, que hunde sus raíces en las profundidades del origen del automovilismo, cuando las carreras se disputaban por carreteras públicas enlazadas para formar una pista de carreras. Estaban la Mille Miglia, la Targa Florio, la Carrera Panamericana. Todas desaparecieron. Sólo nos queda Le Mans y su circuito, que en aproximadamente dos tercios de su recorrido, está conformado por carreteras (la D-338, la D-140 y la D-139), que con una forma triangularmente rectangular, traza sus 13.629 metros, en el que es uno de los circuitos en activo más largos del mundo. Originalmente, el circuito premiaba la velocidad pura, especialmente en la larguísima recta de Les Hunaudières, de 6 kilómetros (que por desgracia, pero por motivos de seguridad, fue cortada en tres por dos chicanes). Pero poco a poco, eso se terminó. Una de las modificaciones más importantes fue la introducción, en 1972, de las hoy conocidas como curvas Porsche, una sección técnica en la última parte de la vuelta. El resto es velocidad cortada por intensas frenadas. Pero Le Mans no ha perdido su atractivo: las altas velocidades están en su ADN y sigue allí, desplegado en sus curvas y rectas que ninguna modificación puede privar de su magnitud. Hasta tres veces se superan los 350 kilómetros hora. Y así, cada vuelta durante veinticuatro horas.

Tampoco se puede dejar de lado la plasticidad de la carrera. A pleno sol o con lluvia. Durante las doradas luces del atardecer, con los brillos en los coches y las sombras que pueblan el recorrido, ofreciendo matices visuales poéticos. Luego se adentran en la noche, y ya no tienes que mirar al cielo para observar estrellas, porque un mar de luces tratan de rasgar el velo de la oscuridad, adivinar las formas que se ciernen sobre ellas: las barreras, otros coches, un árbol que sobresale, un comisario agitando una bandera. Discos de freno que tratan de invocar con su rojizo color la llegada del sol, como si de un ritual se tratara. Hasta que una fina línea azul turquesa se adivina en el horizonte, abriendo el telón de un nuevo día en el que las formas vuelven a estar definidas, pero los ojos cansados. Los automóviles que parecían haberse convertido en luces sonoras siguen ahí, o lo intentan, inasequibles al desaliento, mostrando las cicatrices de la guerra nocturna.

Y te preguntas, ¿por qué Le Mans?. Y la respuesta es difícil, pero sencilla. Las veinticuatro horas son el último superviviente de un automovilismo extinto, épico y aterrador, que gracias sólo a la existencia de esta carrera, se ha sabido aferrar en su posición como prueba cumbre del calendario mundial. Ganar en Le Mans justifica todo un año, tanto para un piloto como para una marca. Ninguna otra carrera del mundo puede presumir de tal importancia. A la vez, la imprevisibilidad de la prueba está siempre latente: no importa que un competidor saque una o dos vueltas a su perseguidor, porque el más mínimo fallo puede desencadenar un vuelco en la clasificación y un cambio en la fortuna de los participantes. De nada sirve ser rápido sin fiabilidad, pero de nada te servirá tampoco ser fiable si careces de una velocidad decente. Y mientras tanto, el cansancio se acumula tanto en hombres como en máquinas. Veinticuatro horas en el equilibrio que exige la cuerda floja.

 

Son trescientos sesenta y cuatro días esperando a que lleguen las tres de la tarde de un sábado de junio para contemplar el mayor espectáculo automovilístico sobre la faz de la tierra. En ese momento, cincuenta y cinco motores emiten su gutural grito de guerra, provocando el despertar del gigante del tiempo que se alza planteando el mismo reto. Mira a quienes osan retarle: 

"Tenéis veinticuatro horas…"

Tic.

"…para intentar atraparme".

Tac.

 

 

Para comentar o votar INICIA SESIÓN
6 comentarios
Imagen de psantos

Menudo articulo se ha marcado el señor, perfecto para arrancar con la nueva sección de la web!

Imagen de CEUCUI

Soberbio artículo. Soberbio.

Imagen de Impaze

Hace menos de un mes fueron las 24h de nurburgring que son bestiales y me encantan también.
Da gusto ver carreras así.

Imagen de Lanakin

Excelente nota! Y felicitaciones por la nueva sección. Sin dudas Le Mans es el último resquicio de automovilismo puro. Sería muy interesante que siguieran el campeonato de endurance durante todo el año. Con la Formula 1 transformada en la Formula Restricción, seguramente mucha gente se volcará a conocer sobre esta categoría. Saludos a los administradores de la página y a los lectores, mucha suerte con el nuevo emprendimiento!.

Imagen de Mattracing

Excelente nota. Creo que con una F1 en decadencia han acertado en crear esta nueva sección y sin dudas que LeMans es hoy en día el máximo evento automotor del año.

Imagen de CEUCUI

Todavía no he leído el ertículo. Mi comentario es para dar la enhorabuena por la nueva sección SOYMOTOR. Estupendo que el periódico vaya extendiendo su radio de acción a otras categorias imprescindibles en el mundo de las carreras de coches.

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