Almacén F1

Ford GT40: Mito de Le Mans

AmpliarFord GT40: El gigante de Le Mans - SoyMotorBruce McLaren en la curva Mulsanne Hairpin - 24 Horas de Le Mans, 1966

Nunca pudo esperar un final así de abrupto. De repente, cuando todo estaba prácticamente resuelto, aquel anciano de pelo blanco y sempiternas gafas de sol dijo que no. A él, a Henry Ford II. Al dueño de la marca americana más importante de la automoción. Asimilado el fracaso, se había despertado a un gigante con un apetito voraz, pero selecto. Muy selecto. Que apartaba de su mirada a los rivales insignificantes. Que sólo perseguiría arrebatar la gloria a quien le había rechazado.

No era algo personal, sólo negocios, claro. Mentira, porque si podía aniquilar a esos coches rojos que se pavoneaban desde lo alto del podio en casi todos los circuitos del mundo, sería feliz. Había que doblegarles en la pista, sin contemplaciones.

Y Ford dio la orden de construir un automóvil que domesticase a un caballo acostumbrado a campar a sus anchas. Era una guerra competitiva, nacida de una rencilla personal. Hoy sería impensable, pero a mediados de los sesenta, y tratándose de americanos e italianos, las cosas se solucionaban en el campo de batalla de un circuito, con honor, pero sin piedad. Y sólo Le Mans, feudo en el que Ferrari dominaba a placer hacía años, era el lugar adecuado para la confrontación de las marcas.

De las entrañas de aquella voluntad de venganza, de las ansias de victoria, nació el Ford GT40. El arma con la que vencer, con la que arrebatar las 24 Horas de Le Mans y con ello el cetro de mejor coche del mundo, a Ferrari. Pero cuando uno se enfrentaba a alguien con tanta experiencia en las carreras como Enzo, no podía esperar vencer a la primera y debía estar preparado para la respuesta del sibilino italiano. Dos dolorosas derrotas en 1964 y 1965, y un Enzo cuyos ojos seguramente brillarían cínicos tras las gafas de sol. Las dudas, el temor de no poder conseguirlo, invadieron el ánimo del gigante. Pero los proverbios populares son sabios con eso de que a la tercera va la vencida. Había que seguir en pie, sin rendirse.

Y en 1966, Ferrari fue masacrada. No quedó rastro de ella, con el podio de Le Mans sólo y exclusivamente propiedad de Ford. Y aquella foto de los tres GT40 entrando en formación hacía centellear de rabia los ojos de 'Il Grande Vecchio'. Había sido derrotado, pero no aniquilado. La venganza es siempre un plato que se sirve frío.

Bruce McLaren, Henry Ford II y Chris Amon en el podio - 24 Horas de Le Mans 1966

Bruce McLaren, Henry Ford II y Chris Amon en el podio
24 Horas de Le Mans, Francia, 1966

Comenzó así una de las rivalidades automovilísticas más excitantes de todos los tiempos. F contra F, dos titanes del deporte del motor –y de la automoción, en general– asestándose golpes recíprocos, como la foto en Daytona 1967 con los Ferrari ganando en formación en la propia casa del gran rival. Y así, durante varios años en los que, en el cómputo general, Ford se llevó más victorias, más gloria y el orgullo engrandecido. Incluso entró en la F1 para arrebatar a Ferrari su otro feudo. Pero Ford, hecha la demostración de fuerza, y al final viéndose también superada por otros rivales, decidió que el gigante se durmiera tras haber cumplido con creces con su misión. En Le Mans ya eran leyenda.

Pasaron los años. Restañadas sus heridas, Ferrari siguió su camino entre victorias y derrotas, con nuevos rivales que siempre buscaban doblegar la furia del caballo. Pero todo guerrero necesita reencontrar el motivo por el que sigue luchando. A veces, simplemente un recuerdo. A veces el regreso al lugar en el que las batallas fueron ganadas y perdidas.

Foyt pilota hacia la línea de meta mientras Gurney está sentado en el capó - Le Mans, Francia, 1967

Foyt pilota hacia la línea de meta mientras Gurney está sentado en el capó
Le Mans, Francia, 1967

Han pasado 50 años de aquella primera victoria en Le Mans para Ford. En la tranquilidad de la campiña francesa, alguien ha escuchado en la lejanía un tambor con ritmo marcial. En la penumbra de la noche, dicen, se pueden ver unos ojos rojos centellear en las proximidades del circuito, escudriñando con suma atención cada lugar, vigilando la escena. Algunos dicen haber visto a un ser que conocen del pasado, con nuevos estandartes y vestimentas, pero la misma mirada agresiva de quien no llega para ser un figurante, sino para destacar en la contienda, porque se sabe protagonista. En su cuerpo sólo cabe la victoria, es su ADN.

Delante de él, su víctima favorita. Un ágil caballo que tensa sus músculos, marcados por la memoria de encuentros previos. Que le espera entre la revancha y la nostalgia de los guerreros forjados en un campo de honor y respeto.

Y entonces, la voz gutural del descendiente directo que viene a reclamar su trono, resonará con claridad por la recta de Les Hunaudières, escupirá lenguas de fuego en las curvas mientras prepara un nuevo ataque, e irá dejando sus profundas huellas en un asfalto que conoce bien, en su avance hacia la cima.

El gigante se ha despertado.

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