Especial Clark

Me echaréis de menos cuando me haya ido

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Con un pálido mono Hinchman de ribetes rojos y sus lentes Pioneer todavía al cuello, Jim Clark permanecía impertérrito frente a la resplandeciente figura del Lotus 49. Entre los dedos, de diminutas y roídas uñas, su nuevo casco Buco -que había sustituido al legendario Les Leston- todavía conservaba el clásico azul marino con un espacio en blanco reservado para la visera protectora. Aquellos colores innegociables. Su seña de identidad y, junto a Colin Chapman y Andrew Ferguson, de lo poco que persistía inalterable para Jim Clark en el verano del 67.

Otro motor –Cosworth DFV-, otro compañero –Graham Hill- e incluso otro hotel, ya que Colin había decidido alojar los chicos en el Fossati, un sencillo hospedaje situado a apenas un par de kilómetros tras las curvas de Lesmo. Mucho mejor ubicado, pero de largo más bullicioso que el plácido La Ville, habitual destino de Lotus en sus visitas al Autodromo Nacional de Monza.

Demasiados cambios. Tantos, que Jim incluso había dejado de lado su característica chaqueta de punto color Camel con la que solía protegerse antes de las carreras y que Sally Stokes, su novia de toda la vida, le había comprado en Harrods para las navidades del 64. Pero Sally Stokes era ahora Sally Swart. Y la separación, junto con las presiones fiscales llegadas desde su Reino Unido natal, habían llevado a Jimmy a trasladar su residencia habitual las Bermudas, un hecho que le situaba en clara desventaja frente a Hill, que ahora era quien probaba los nuevos componentes en el veloz pero exageradamente frágil 49. 

Aunque, a decir verdad, puede que aquello no fuese el mayor de los impedimentos para el tipo más rápido sobre la faz de la tierra. "Algunos solían decir que Jim no era un buen piloto de pruebas", recordaría más tarde Sally. "Se basaban en el hecho de que se adaptaba tan bien a las carencias que lograba siempre extraer el máximo de los monoplazas".

Así que, colores y técnicos aparte, lo único se mantenía inamovible para el bicampeón en septiembre del 67 era la interminable raya al lado que marcaba el estilo de su siempre impoluto cabello. Eso y, por su puesto sus manos, que una vez más lo catapultaron hasta la pole position del Gran Premio de Italia.

Pero Clark ni mucho menos se fiaba. Monza no acababa de adaptarse a los diseños de Chapman, que solía sacrificar velocidad punta en favor de una mayor eficiencia aerodinámica. Nunca había tenido la potencia necesaria y en su fuero interno sabía que el DFV de Cosworth no lo haría diferente. Por otro lado estaba el tema de la fiabilidad. Jimmy había tenido que pilotar por debajo de sus posibilidades y de las del 49 durante toda la temporada solo para poder llevar el coche a la meta. Eso por no hablar de su relación personal con el circuito…

Exceptuando 1963, el año de su primer mundial, jamás había logrado ganar allí. Ni siquiera lo había hecho en el inolvidable 1965, cuando venció en seis de sus nueve apariciones en el campeonato. En su debut en el Autodromo, en 1961, se había visto involucrado en la tragedia que costó la vida a Wolfang Von Trips. El alemán, líder del mundial, cabalgaba hacia su primer campeonato cuando ambos se tocaron en la frenada de la Parabólica. El Ferrari impactó violentamente contra el público sesgando la vida de catorce aficionados. Jim, que fue inmediatamente consciente de la gravedad del asunto, telefoneó a Sally nada más de apearse del destartalado monoplaza verde. Le habló de retirarse. De que él también temía perder su vida en las carreras. Sally jamás había escuchado esas palabras de boca de Jim.

 


Salida de Italia 1967. Jimmy, marcado en rojo.

 

A las tres y media de la tarde del domingo 10 de septiembre, Jim ya había situado su 49 en la preparrilla. Por detrás, Jack Brabham, Bruce McLaren, Chris Amon y Dan Gurney hicieron lo propio. En aquella época, el protocolo consistía en una primera señal que daba orden a los pilotos de situarse en sus marcas. Todo el mundo conocía las normas. Todos, excepto el encargado de dar la salida al trigésimo sexto Gran Premio de Italia. Ignorando la señal previa, agitó la bandera una sola vez, provocando que la mitad partiese desde su posición de preparrilla. La confusión tiró por tierra la pole de Jim que, tras poner una rueda en la hierba, a duras penas pudo sortear a la marabunta. Cuando se recuperó fue consciente de que todavía marchaba en quinta posición. Y apretó los dientes. 

McLaren, Hill, Brabham… ¡No habían transcurrido tres vueltas y ya sólo quedaba por delante Dan Gurney! Pero el americano -su máximo rival- era un tipo duro que además venía alimentar su ego en Spa Francorchamps, al vencer por primera vez con un Eagle Weslake de fabricación propia. Ambos se conocían a la perfección y se respetaban. Vaya si se respetaban. En una ocasión, también en Monza, Clark se encontraba liderando por delante de Gurney, que lo presionaba insistentemente a bordo de su Brabham. Se disputaban la cabeza en medio de una lucha encarnizada cuando comenzaron los doblajes. Innes Ireland, que en aquella época todavía culpaba a Jimmy de su salida de Lotus, era el primero de ellos. Clark debería deshacerse de él lo antes posible o de lo contrario Gurney se lo comería con patatas. Al final de la recta de meta, se decidió a meter el morro en el interior, pero Innes no estaba dispuesto a dejarse doblar por el escocés y lo cerró bruscamente contra el vértice. Obviamente, Clark sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

 


Clark y Hill.

 

"Me pasé el resto de la vuelta pensando lo que iba a hacer", relataría posteriormente. "Sabía que Dan (Gurney) estaba justo detrás de mí, así que cuando llegamos de nuevo a esa curva, decidí esperar hasta ver la mirada de Innes reflejada en sus retrovisores. Tan pronto lo hizo, levanté el pie y Dan, obviamente, aprovechó para pasarme. Cuando Innes vio el morro de un monoplaza entrando por el interior creyó que era yo y metió un nuevo volantazo. Pero, por supuesto, nadie le hace eso a Dan Gurney y mientras ambos monoplazas se sacudían en la entrada de la curva yo logré pasarlos por el exterior". Así era Jim Clark. Siempre había algo en el bolsillo para casos de verdadera emergencia. Y eso sería a la postre lo que ocurriría en Monza 1967.

Así que tras pasar a Gurney con otro brillante exterior -precisamente en el mismo lugar en el que Ireland le había cerrado la puerta años antes- Clark se escapó en cabeza. Siete vueltas con aire limpio hubiesen sido suficientes para controlar la carrera en cualquier otro lugar. Pero no en Monza. No, al menos, para Jim Clark. 

En la duodécima, la zaga del 49 se sacude bruscamente a la salida de Vialone. Jim consigue enderezarlo, pero Gurney ve el cielo abierto y pasa al frente. Jack Brabham también lo supera por el interior, no sin antes soltar una mano del volante para indicar el problema: un pinchazo en su neumático trasero derecho. Clark no tiene más remedio que levantar el pie. No volverá a hacerlo durante todo el Gran Premio.

El trabajo en los boxes es casi desesperante y, cuando logran devolverlo a la pista, Jim es último a una vuelta y diez segundos de la cabeza. Nada que perder pero tampoco mucho que ganar en un circuito exageradamente veloz y, por entonces, todavía sin chicanes. Aunque ahora, al menos podía olvidarse por fin de la maldita fiabilidad. La hora del recreo había comenzado en Monza.

Si Clark había recorrido Spa apenas unos días antes a una velocidad promedio de 240 Km/h y con puntas de hasta 315, aquí la cosa iba todavía más allá y el 49 llegaba a alcanzar casi 320 kilómetros por hora. Jimmy era un tipo tranquilo e indeciso que jamás dejaba de morderse las uñas. Salvo cuando pilotaba. Entonces era determinación pura. 

Vuelta a vuelta. Metro a metro. James Clark Jr. llevó el 49 hasta donde nunca lo había llevado antes. Quizá lo llevó hasta donde nadie había llevado jamás un automóvil de carreras. Desataba toda la furia del Cosworth DFV en la larga recta de meta para, inmediatamente, ejercer una suave pero firme presión en su pedal deceleración en la fortísima frenada de la primera. Administraba cuidadosamente los Firestone a la hora de traccionar y nunca, nunca jamás, tenía que recurrir a contravolante alguno. Simplemente porque no existía nada que corregir. Todo transcurría a la perfección dentro del cockpit de su Lotus número 20.

Se desdobló apenas siete vueltas después. Y 40 más tarde, había alcanzado a la cabeza de carrera. Los rivales caían uno tras otro hasta que, a falta de siete giros, por fin volvía a estar al mando. En su sitio y con un margen de tres segundos sobre Brabham y Surtees ya casi podía saborear el champán de la victoria. Cuando encaró el giro definitivo, la multitud se levantó enloquecida en la recta principal para recibirlo pero entonces, el Cosworth DFV empezó a protestar y Jim comprendió que La Pista Mágica todavía no había dicho su última palabra. 

 


Última vuelta, y Clark (rojo) ya es tercero tras negociar las Lesmo.

Los guturales carraspeos, cada vez más evidentes, tan sólo podían indicar una cosa: Tras un pitstop interminable, el equipo había olvidado añadir combustible. Clark sacudió con violencia el volante. Tan solo tenía que encontrar una última gota. Pero tras unos instantes en los que parecía haber recuperado la potencia, el motor se detuvo definitivamente. Trató de mantener la calma, incluso cuando vio como el viejo Jack Brabham lo pasaba como una exhalación por el interior, precedido de John Surtees. 

Ya en punto muerto la inercia le permitió cruzar la meta en tercera posición. La foto finish entre Surtees (1º) y Brabham (2º) puso el colofón a una carrera inolvidable. Sin embargo, la gente solo podía gritar el nombre de Jim Clark. En medio de los vítores, una invasión de pista lo sacó a hombros del 49 y lo elevó hasta el cielo. Acababa de entrar en la historia de Monza. Una historia de la que ya no volvería a tomar parte nunca más.

 


Surtees y Brabham se disputaron la victoria al sprint.


Los tifosi sacan a brazos a Jimmy, que perdió
el liderato en la última vuelta por falta de gasolina. 

 

 

"Era una persona tan sencilla" recuerda Andrew Ferguson, Team Manager de Lotus en las épocas de Clark. "Las cosas con él eran tan relajadas que no recuerdo ni una sola ocasión en la que lo viese realmente tenso. Jamás te apartaba a un lado ni te hablaba mal. Con él más bien era: 'Me pregunto si podríais hacer esto…' o 'si no es demasiado problema…'".

"Es sin duda el mejor piloto con el que he tenido el placer de trabajar, en todos los sentidos. Y lo gracioso es que, cuando se encontraba molesto con algo, simplemente solía repetir: ‘Me echaréis de menos cuando me haya ido".

Justo un par de años antes, tras haber realizado unas sesiones de pruebas en Indianápolis, ambos habían coincidido en un vuelo de regreso a Europa. Clark acababa de vencer de forma magistral un Gran Premio de Bélgica pasado por agua.

"Era la primera ocasión que teníamos para charlar sobre la carrera de Spa" rememora Ferguson. "Donde Jim casi había hecho que el resto de pilotos pareciesen estúpidos".

- Una carrera increíble, ¿verdad? – le espetó el Team Manager, cuando ambos se encontraban ya totalmente acomodados en sus asientos.

-Sí, aunque también un poco complicada. De hecho, creo que fui bastante afortunado de poder vencer- respondió tímidamente el escocés.

-¿Qué quieres decir?- le interrogó Andrew, que casi tenía que despegar cada una de las palabras de boca de Clark.

- Bien- comenzó a exponer Jimmy, mordisqueando sus uñas como de costumbre. -Durante tres cuartas partes de la carrera la palanca de cambios iba y venía. Así que tuve que conducir casi permanentemente con una sola mano. A decir verdad fue una situación agotadora-.

Andrew no podía creerlo. Clark había estado pilotando en el peligrosísimo Spa Francorchamps con una sola mano bajo lluvias torrenciales ¡Y había vencido por nada menos que 45 segundos sobre Jackie Stewart! Cuando por fin logró articular palabra, añadió:

-Ese es tu problema, Jim. Que nadie sabe nunca nada acerca de este tipo de cosas. En las épocas de Fangio, habrían contado a la prensa una historia sobre cómo logró sobreponerse a los problemas mecánicos, incluso conduciendo sobre tres ruedas. Si nosotros contásemos ese tipo de cosas en las ruedas de prensa… ¿Imaginas cómo podría contribuir eso a mejorar tu mejorar tu imagen?-.

-¡Oh, no!- exclamó Jimmy, esta vez con rapidez y determinación. -¡Ni se te ocurra hacerlo! No queremos molestar a Colin. Y yo jamás podría hacerle eso-. 

Jim Clark fallecería apenas unos meses después de su increíble gesta en Monza, en el célebre y todavía misterioso accidente de Hockenheimring. Se marchó, sí, pero lo hizo no sin antes regalarnos la que probablemente sea la mayor joya de la historia de las carreras. Una actuación legendaria a la altura de la de Fangio y su Nurburgring '57. Sin duda, Andrew Ferguson se equivocaba. Por desgracia, Jim Clark no. Todavía seguimos echándole de menos.

 

Jim Clark en Bélgica 1965

 

DESCARGA EL CARTEL DEL ESPECIAL CLARK, OBRA DE POL SANTOS

CON TEXTO

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2 comentarios
Imagen de Troy McClure
Gran artículo y grandísimo piloto. Estoy seguro que ningún piloto de los 22 que hay en la parrilla actual darían hecho lo que hizo Jimmy (y cuándo digo ninguno es NINGUNO). Vale la pena consultar a veces la hemeroteca. Saludos Compañeros.
Imagen de LFP
Un grande, ahora no hay de esos
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