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GP de Mónaco 2016: Suertes dispares

Ricciardo perdió la victoria en favor de Hamilton por un error en su parada en boxes

AmpliarAnálisis del Gran Premio de Mónaco - LaF1Análisis del Gran Premio de Mónaco

La suerte es un factor extraño, y dicen que no depende de uno mismo, incluso que no existe. Pero precisamente en el enclave famoso por sus juegos de azar, Lewis Hamilton vivió un cambio de fortuna muy significativo. Si el sábado su estado de ánimo era de decepción por haber calificado tercero, veinticinco horas después, era de alegría tras haber conseguido por fin una victoria en esta temporada, y encima en el Gran Premio que todo el mundo quiere ganar.

La carrera del inglés fue perfecta. Supo ser paciente y no cometer errores al comienzo de la carrera, con la pista muy delicada, pese a ser más rápido que su compañero Rosberg. Sin embargo, un momento de precipitación hubiera sido comprensible: por delante, Daniel Ricciardo se escapaba con contundencia. Y eso significaba adiós a la victoria. Lewis, que otras veces peca de impulsivo, esperaba. Y el momento llegó tras padecer algunos problemas Rosberg: aceleró desde Santa Devota y pasó a su compañero. El objetivo era un Red Bull que estaba lejos. Adelantar iba a ser difícil, había que jugar alguna carta diferente.

Y si el año pasado Lewis y Mercedes se volvieron locos en los compases finales de carrera dejando escapar una victoria hecha, esta vez Lewis y su equipo fueron inteligentes. Espera. Se paciente. Aguanta un poco más tus impulsos lógicos y primarios, los de correr, los de hacer lo que el resto. Conserva neumáticos. Porque Ricciardo cambió de gomas de lluvia a intermedias, Hamilton era líder, y el australiano tenía que llegar hasta él. Tendría que pasarle. Pero el británico no iba a poner intermedios: quería saltar directamente a los de seco. Jugada arriesgada. Casino.

Y entonces, la bola de la ruleta empezó a girar. Lewis ya había puesto las ruedas de seco. Daniel tenía que entrar a ponerlas. Botando por el cuenco, la fortuna debía decidir entre el número 3 o el 44. Y cayó al 44. Porque Red Bull cometió un error clamoroso, que hacía años que no se veía en un Gran Premio, y que resulta inaceptable en un equipo tan profesional como el austríaco. Allí estaba Daniel, que podía mantener el liderato, esperando a que sus mecánicos trajeran las ruedas desde dentro del box. Impotencia. Lewis llegaba. Daniel salía. Y por sólo unos metros, pese a la desastrosa parada, Hamilton era el nuevo líder subiendo hacia el Casino. La suerte, sí. Y el trabajo bien hecho, que es más importante.

Y sí, Ricciardo estaba cerca, presionaba, por un momento casi hasta colisionan. Pero esta vez, Hamilton era infranqueable. Había una carrera que ganar, que necesitaba ganar para poder respirar y aliviar tanta negatividad, tanta presión. Lograr, por fin, un cambio de tendencia. ¿Aguantarían sus ultrablandos hasta el final? Los haría aguantar, si era preciso. Y aguantaron, incluso demasiado bien. Y Lewis, ocho años después de su primera victoria en el Principado, ganaba. Sonreía. Se relajaba. Veinticinco horas antes, era Ricciardo el que lo hacía. Ya no. La suerte se había desplazado.

Mejor aún para Hamilton, Rosberg estaba hundido en la clasificación, impotente en sexta posición tras un Fernando Alonso pletórico. Debía estar más arriba, pero su ritmo al inicio de la carrera, y parece que un coche que no estaba del todo fino, hacían que el alemán tuviera una tarde muy mala, agravada en el último suspiro, sobre la línea de meta, al perder incluso la sexta posición a manos de su compatriota Hulkenberg. Séptimo. Puntos preciosos que se escapan. Aún tiene 24 de ventaja, casi una carrera. Pero el bocado es muy grande, y habrá que estar atentos a si Rosberg padece un incremento de presión que le haga bajar su impecable rendimiento hasta ahora. No debería perder el norte, pero la moral es algo voluble.

En el tercer escalón del podio, Sergio Pérez estaba exultante. Su tercer puesto era merecido, pero absolutamente impensable. Otra vez más, el mexicano cuajaba una carrera redonda cuando las condiciones son cambiantes, y se abren las oportunidades para los más pequeños. En Mónaco, aferrarse a una posición es bastante fácil. No rendirse. Pero es que, además, Sergio estaba en tiempos competitivos. Sebastian Vettel, que rodaba cuarto, era incapaz de acercarse definitivamente y ejercer presión sobre el de Force India. Estaba cerca, pero apenas hubo ataques. Pérez está recuperando esas sensaciones que nos dejaba en aquél Sauber, especialmente en 2012, cuando con un material muy modesto, su pilotaje hacía la diferencia para conseguir buenos resultados. Su paso por Mclaren fue catastrófico, y pudo acabar con su carrera. Quizás necesitaba más tiempo para madurar, con calma y sin las presiones de un gran equipo, pero empieza a dar la sensación de que está preparado para un salto a coches más competitivos.

Ferrari naufragó, en seco y en mojado, en la carrera de Mónaco. Ni en la clasificación estuvieron bien, ni en la carrera pudieron sacar partido a unas condiciones cambiantes que siempre abren las opciones a todos. Räikkönen se eliminó tras un choque en Loews, y el posterior intento de llegar a boxes con un alerón bajo sus ruedas delanteras. Los comisarios le pedían detenerse, pero lo ignoró: acabó en el lateral del paseo del puerto, al no poder tomar la chicane y tener que seguir recto. Vettel tuvo una carrera anodina, podríamos decir correcta, sin errores (salvo el de Massenet, corregido), pero sin chispa, sin ambición. Jugaron estratégicamente de manera correcta, pero ni así obtuvieron grandes avances. Al final, cuarto, y gris.

Buena carrera de Fernando Alonso, fruto también de los azares de la fortuna y las decisiones tomadas en buenos momentos. Y por supuesto, a las manos. Porque Alonso pilotó de manera impecable un Mclaren que no merece estar quinto. Aunque profetizaban un gran rendimiento del coche en el tortuoso circuito urbano, se pudo ver con total nitidez la realidad: ese chasis no es el segundo ni de lejos, y ese coche no está para luchar con un Ferrari de ninguna de las maneras. Son entendibles las palabras grandilocuentes de los dirigentes de la escudería, puesto que necesitan urgentemente enviar mensajes positivos, en presente y a futuro, para obtener unos fondos que, por lógica, deben escasear. Con todo, tener de nuevo a los dos pilotos en los puntos, es siempre un bálsamo, y es lo positivo que deben tomar para seguir creciendo de manera consciente con su realidad.

Y si Red Bull estropeó la carrera de Ricciardo, sus hermanos pequeños de Toro Rosso hicieron lo propio con la de Carlos Sainz. El español había logrado un excelente sexto puesto en parrilla (el mejor de siempre en Mónaco para el equipo). Con la lluvia, rodaba con seguridad. Aspiraba al podio, sin tener que profetizar demasiado, puesto que rodaba con soltura por delante de Pérez. Las cuentas son claras. Pero un cambio de neumáticos nefasto dio al traste con lo que podría haber sido un resultado impresionante. La suerte, de nuevo. Aún así, se rehízo, y logró un buen octavo puesto, sin errores en el lugar en el que cometerlos es precisamente lo más sencillo.

Y eso nos lleva a Max Verstappen. De absoluta sensación del momento, a desastre. Calma. No nos lancemos ya sobre él con ensañamiento. Los errores los cometen todos. Claro que, evidentemente, el domingo por la noche Max no escucharía ninguna obra de Jules Massenet, compositor favorito de Alberto I de Mónaco, y cuyo busto a la entrada del teatro de la ópera monegasco da nombre a la curva del circuito. Ni Manon, ni Werther, ni la deliciosa Meditación sobre Thais. Nada de Massenet para Max, gracias. Dos choques idénticos en la misma curva, uno el sábado por la mañana, (en clasificación otro en la Piscina que le obligó a salir último), y otro en carrera, mientras remontaba con su estilo tan incisivo. Y se acabó. Pero olvidemos eso de "de héroe a cero". No es verdad. Y no es justo. 

Y al final, como la Cio-Cio-San de Madame Butterfly que espera la llegada del barco que le devolverá por fin a su amado Pinkerton (sí, no es una ópera de Massenet, sino de su coétaneo Puccini), Lewis Hamilton esperaba escuchar las sirenas de los barcos del puerto de Mónaco sonando para él, devolviéndole a su vida una victoria que hacía mucho tiempo que se resistía. Una sonrisa. Y a luchar por algo que no se ha perdido aún: el campeonato.

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