102 octanos

Fórmula 1, ¿cosa de hombres?

AmpliarLella Lombardi entre Vittorio Brambilla (izquierda) y Arturo Merzario (derecha) - LaF1Lella Lombardi entre Vittorio Brambilla (izquierda) y Arturo Merzario (derecha)

Año a año hay más mujeres en la Fórmula 1. Ocupan facetas directivas, técnicas, de asistencia en pista e incluso de promoción. Sin embargo, los protagonistas que al público más interesan siguen siendo hombres. ¿Cuándo se rasgará la categoría esa longeva costra machista?

Louise Smith nació en Barnsville, Georgia, en 1916. Creció en una época de grandes migraciones internas, y su familia no dudó un momento en viajar por todo Estados Unidos en busca de trabajo, costumbre que muchas familias siguieron en la época. Al fin, en 1920 se estableció en Greenville, Carolina del Sur, el pueblo en el que habitaría para siempre. Trabajaba en la plantación de algodón que dirigía su padre 12 horas al día, lo que le dejaba sólo dos para ir a la escuela. 

Su hermano, mecánico de profesión, le presentó al que sería su marido, Noah Smith, con el que se casó en 1935. Contaba apenas 19 años. Con coches nuevos y usados de la concesión que gestionaba su marido a su disposición, Louise empezó a flirtear con la velocidad. Era rápida, mucho, y lo demostraba con asiduidad en las carreteras de su región, huyendo incluso de las persecuciones policiales por pura diversión

Su llegada a las carreras surgiría de una recomendación. Greenville acababa de organizar su primera competición automovilística en un improvisado óvalo de tierra, formato que se extendía como la pólvora por todo el país. Fue un fracaso. Sólo 200 personas pagaron el cuarto de dólar que costaba el acceso al circuito. Los organizadores decidieron pedir consejo al promotor más exitoso del momento, Bill France, que estaba a punto de engendrar la NASCAR en base a la unión de estas pequeñas carreras. La primera recomendación que dio a sus colegas de Greenville fue tajante: "Invitad a una mujer". France consideraba que así atraerían la atención de más medios de comunicación y a personas de ambos sexos a las gradas. Esta afirmación, en plenos años 40, cuando la sociedad norteamericana apenas permitía a las mujeres trabajar, constituía toda una revolución…

Louise fue la elegida, aunque el único argumento esgrimido por los organizadores fue que "sabían que podía conducir un coche porque era una amenaza en las carreteras locales". Su debut, eso si, fue un tanto desastroso. Le cedieron el coche apenas 15 minutos antes de la salida, por lo que no pudo entrenar, y peor que eso, tan sólo le dieron una instrucción: "Si ves una bandera roja, detén el coche". Acabó tercera, aunque fue posteriormente descalificada por ignorar todas las banderas amarillas que encontró en su camino.

En 1949, Louise Smith se hizo con un Nash Ambassador y fue convocada por Bill France para alguno de sus primeros eventos NASCAR. Su marido, Noah Smith, jamás aprobó su afición por el motorsport y se negó en redondo a acompañarla a los circuitos, pero por lo menos le cedió cuantos coches y medios técnicos necesitase para competir. Su historial competitivo refleja 38 victorias y muchas cejas enarcadas entre aficionados de ambos sexos. Las mujeres del momento la acusaban de desviar la atención de sus maridos, y muchas se negaban a asistir a sus carreras. Pero su contribución a la normalización del sexo femenino en las carreras de coches dentro de una sociedad extremadamente machista le valió la aceptación para el Hall of Fame en 1999, después de tres nominaciones fallidas.

El caso de Louise Smith no aparece en los grandes libros (lo descubrí en un recoveco de la excelente obra Nascar Confidential, de Peter Golenbock), pero es bastante ilustrativo de la tendencia seguida por la NASCAR, que hoy día se mantiene. Sí, porque Danica Patrick (Sprint Cup), Johanna Long (Nationwide) o Jennifer Jo Cobb (Trucks) son la actual punta de lanza de un historial con más de 50 entradas (la lista, recopilada en este enlace de Wikipedia), entre ellas, curiosamente, la mejor de las cinco chicas piloto de la historia de la F-1: Lella Lombardi.  

Si sumamos a los pilotos que han intentado clasificarse para un Gran Premio, la estadística nos da un número: 849. 844 son hombres, sólo cinco, mujeres: Maria Grazia Lombardi, Desiré Wilson, Maria Teresa de Filippis, Divina Gallica y Giovanna Amati. Cinco. Sólo cinco. Una excepción. La historia de todas ellas la conocéis de sobras, y si no es así, por favor, no os perdáis el resumen del maestro Raymond Blancafort.

Por desgracia, esa pírrica estadística refleja muy bien la relación de Europa con las mujeres y el deporte. El sexo femenino no fue autorizado a participar en los Juegos Olímpicos de Atenas 1896, los primeros de la era moderna. Su refundador, el barón Pierre de Coubertin, consideraba tal inclusión "inviable, sin interés, poco estética e incorrecta". Coubertin, que acabó aceptando a regañadientes la presencia "por la puerta de atrás" del incipiente deporte femenino a partir de París 1900, jamás cambió de idea. En agosto de 1936, un año antes de su muerte, declaró al diario Le Journal: "El verdadero héroe olímpico, como siempre he dicho, es el hombre adulto. Ni una mujer ni un equipo".

Por fortuna, los sucesores del Barón adoptaron posturas más progresistas, y la presencia de mujeres en el deporte ha crecido hasta el día de hoy, en el que se ha logrado la paridad casi plena en el programa olímpico. El COI del siglo XXI, entidad fundad por Coubertin, presiona a los países que, por cuestiones religiosas, todavía impiden a sus deportistas inscribirse en la competición (lo hizo con Arabia Saudí, entre otros, en Londres 2012). El caso de la argelina Hassiba Bulmerka en Barcelona 92 suele ser el ejemplo recurrente: 

Entre tanto, el motorsport, otro deporte de raíz europea sigue sin ser capaz de romper el cliché de la chica del paraguas o la guapa acompañante que, con unas gafas de sol, un cuerpo escultural y una bebida en la mano, se dedica a admirar a los pilotos y a posar ante cámaras de TV o fotografía. Lucir mono, casco y empuñar un volante parece cosa exclusivamente de hombres…

Perdida en el debate de la supuesta limitación física de la mujer en los monoplazas, la F1 sigue sin avanzar. La comisión de Mujeres en el Motorsport de la FIA, que preside Michèle Mouton, tampoco logra avances significativos. Esta baza de campaña de Jean Todt no ha logrado romper la barrera del “apoyo” institucional a las competidoras. Frases bellas, pero que normalmente quedan reducidas a palabras, alguna foto y muy poco más. La pérdida de María de Villota ha constituido, además, un importante mazazo, pues su ejemplo podría constituir el señuelo de liderazgo para impulsar nuevas esperanzas desde la base.

El futuro de la F1 necesita mujeres piloto, y no a mujeres cualquiera, sino a pilotos con aspiraciones de victoria. Nuestra Laia Sanz continúa rompiendo moldes en el presente Dakar, y no son pocas las españolas que pelean con éxito en las disciplinas iniciales del karting. Haría bien la F1 como entidad en preocuparse de encontrar y formar a su Danica Patrick en el futuro inmediato, algo para lo que podría destinar una parte del astronómico monto económico que acaudalan Ecclestone y los suyos. No por una cuestión de paridad o marketing, sino de normalidad. 

¿Para cuándo un programa como el Red Bull Junior en clave femenina? Entrenar con la más alta exigencia a futuras chicas piloto no haría más que incrementar el interés por el motorsport entre el sector femenino, con lo que ello llevaría asociado en sponsors y espectadores. Sería una propuesta de veras interesante para la comisión femenina de la FIA.   

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